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Café dulce amargo.

¡Recuerda! No recordó.
¡Respira! Respiraba y pitaba, siguió.
Tensaba todo tu ser.
Algo podía ver.
Dijeron: ¡Palabras!
Al menos lo intentaba.

El café lo entibiaba.
Aguoso, caíale pesado.
Lo dulce, percatose,
estaba y lo chocaba,
y no permanecía callado.
Picaba la lengua.

Buscaba algo, no sabía que.
- ¡¿Qué?! - Su mente lo mortificaba.
Chocaba, picaba, callaba, y él se percataba.
Pero, sin embargo, amargo.
No igual que café aquel, que él tomaba cuando la plata escaseaba,
cuando los nudos de la inconsciencia le pedían y le rogaban:
Olvido momentáneo o fuego en sus recuerdos.

Humeó.
Le chocaba, le picaba, y ahora no callaban.
Él aun buscaba.
 Marihuana.




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